Por qué Etiopía, con más de 130 millones de habitantes, no tiene salida al mar
Perdió su costa cuando Eritrea se independizó en 1993. Hoy, la búsqueda de un puerto en el mar Rojo vuelve a enfrentar a los dos vecinos.
Imagine un país con más de 130 millones de habitantes, el segundo más poblado de África, que no tiene ni un metro de playa. Ese país es Etiopía, la nación sin litoral más poblada del mundo. Su costa la perdió hace poco más de tres décadas, y la búsqueda de una salida al mar Rojo vuelve a tenerla hoy al borde de un choque con su vecina Eritrea.
Para un lector latinoamericano la historia suena familiar. Bolivia perdió unos 400 kilómetros de costa en la Guerra del Pacífico (1879-1884) y desde entonces reclama un acceso soberano al océano. En el Cuerno de África, en cambio, el reclamo se mezcla con tropas en la frontera y cartas cruzadas ante la ONU.
Cómo Etiopía se quedó sin costa
Eritrea fue colonia italiana desde finales del siglo XIX. Tras la Segunda Guerra Mundial quedó unida a Etiopía, que en 1962 la anexó, lo que desató una guerra de independencia de tres décadas. En 1991 los rebeldes eritreos tomaron Asmara, la capital, y en abril de 1993 casi la totalidad de los votantes apoyó la independencia en un referéndum supervisado por la ONU.
Con la separación, formalizada en mayo de 1993, los dos puertos que Etiopía usaba en el mar Rojo, Assab y Massawa, pasaron a manos eritreas. La alianza entre ambos gobiernos se rompió en 1998 por una disputa fronteriza alrededor de la aldea de Badme, que desembocó en una guerra de dos años con decenas de miles de muertos; las estimaciones más citadas rondan los 80.000.
El acuerdo de Argel, firmado en diciembre de 2000, terminó con los combates y creó una comisión para trazar la frontera. En 2002 esa comisión le dio Badme a Eritrea, pero Etiopía se negó a aplicar el fallo y ambos países vivieron casi veinte años en un estado de “ni guerra ni paz”.
De enemigos a aliados, y de vuelta
El giro llegó en 2018, cuando el nuevo primer ministro etíope, Abiy Ahmed, aceptó el fallo fronterizo y firmó la paz con el presidente eritreo, Isaias Afwerki. Ese gesto fue clave para que Abiy recibiera el Premio Nobel de la Paz en 2019.
En noviembre de 2020 estalló la guerra de Tigray, la región del norte de Etiopía que limita con Eritrea. Soldados eritreos combatieron junto al ejército federal contra el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF). El conflicto terminó con el acuerdo de Pretoria, en noviembre de 2022, del que Eritrea no formó parte. Investigadores de la Universidad de Gante estiman que murieron unos 500.000 civiles.
Un gigante que depende de un vecino pequeño
Tras Pretoria, la relación entre Addis Abeba y Asmara se enfrió y el viejo tema del mar volvió al centro. Hoy alrededor del 90 % o más del comercio exterior etíope, según distintas estimaciones, pasa por los puertos de Yibuti, lo que le cuesta mucho dinero en tarifas y lo deja a merced de un solo vecino.
En octubre de 2023, Abiy dijo ante el Parlamento que el acceso al mar Rojo era una cuestión “existencial” para su país. El 1 de enero de 2024 firmó un memorando con Somalilandia, región separatista de Somalia, para usar unos 20 kilómetros de su costa con fines militares y comerciales. Somalia lo denunció como una violación de su soberanía; en diciembre de 2024, con mediación de Turquía, ambos gobiernos firmaron la Declaración de Ankara para bajar la tensión.
Eritrea, por su parte, teme que el verdadero objetivo sea Assab, su puerto del sur, cercano a la frontera etíope. El 4 de octubre de 2026, Egipto, Eritrea, Somalia y Sudán declararon en una reunión en Egipto que el mar Rojo es responsabilidad exclusiva de los países ribereños. Un día después, Abiy, tras jurar un nuevo mandato, afirmó en el Parlamento que trabajará para que Etiopía tenga una salida al mar “sobre la base de dar y recibir”, sin dar más detalles.
Octubre de 2026: la tensión llega a la frontera
El choque actual comenzó el 23 de septiembre, cuando una alianza rebelde que incluye al TPLF atacó a las fuerzas del gobierno en Tigray y regiones vecinas. Etiopía acusa a Eritrea, Egipto y Sudán de respaldar a los rebeldes, algo que los tres niegan. El 1 de octubre, después de que Addis Abeba cerrara su embajada en Asmara y expulsara a diez diplomáticos eritreos, Eritrea rompió relaciones diplomáticas.
Las fuerzas federales retomaron Mekelle, la capital de Tigray, tras la retirada del TPLF. El 9 de octubre, según Reuters y Al Jazeera, Etiopía dijo al Consejo de Seguridad de la ONU que tropas eritreas habían avanzado hasta 60 kilómetros dentro de Tigray e invocó su derecho a la legítima defensa. Al día siguiente, el canciller eritreo, Osman Saleh, calificó la acusación de “declaración de guerra”. Eritrea niega la incursión, y ninguna de las dos versiones ha sido verificada de forma independiente.
En los días siguientes, el ejército etíope y milicias aliadas entraron en Adigrat, a unos 30 kilómetros de la frontera. El monitor de conflictos ACLED reportó ataques con drones contra posiciones eritreas, el repliegue de soldados eritreos por el paso de Zalambessa y el traslado de tanques etíopes hacia la línea fronteriza. Human Rights Watch denunció civiles muertos por bombardeos en el sur de Tigray.
El 14 de octubre, el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, llamó a Abiy para pedirle diálogo en el marco de la paz de 2018 y evitar incursiones transfronterizas. Al día siguiente, fuerzas etíopes y aliadas entraron en la histórica ciudad de Aksum, según ACLED.
Lo que ocurra ahora depende de si Etiopía se detiene en su frontera o decide cruzarla. Una guerra abierta junto al mar Rojo, ruta clave entre Asia y Europa, podría encarecer los fletes en todo el mundo. Bolivia lleva más de 140 años reclamando el mar por la vía diplomática; la pregunta en el Cuerno de África es si Etiopía tendrá la misma paciencia.
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