Uranio enriquecido: qué es y por qué el programa nuclear de Irán preocupa al mundo
Con poco enriquecimiento ilumina ciudades; con mucho, puede servir para una bomba atómica. Te explicamos cómo se enriquece el uranio, qué tan cerca llegó Irán y qué tiene que ver Brasil en esta historia.
El uranio enriquecido es uranio al que se le aumenta, con máquinas llamadas centrifugadoras, la proporción de un tipo de átomo especial: el uranio-235. Con poco enriquecimiento sirve como combustible para centrales eléctricas; con mucho, puede convertirse en el corazón de una bomba atómica. El programa nuclear de Irán preocupa al mundo porque ese país llegó a enriquecer uranio al 60 %, un nivel que ninguna central eléctrica necesita y que está a un paso técnico del que se usa en las armas.
Irán sostiene que su programa es pacífico y que tiene derecho a desarrollarlo. Estados Unidos, Israel y varios gobiernos europeos creen que busca, al menos, la capacidad de fabricar una bomba en poco tiempo. Esa desconfianza está en el centro de la guerra que vive Oriente Medio en 2026.
¿Qué es el uranio enriquecido y para qué sirve?
El uranio es un metal que se extrae de minas en países como Kazajistán, Canadá o Australia. El uranio natural está formado casi todo por uranio-238 y solo un 0,7 % es uranio-235, el único que se parte con facilidad y libera una enorme cantidad de energía en una reacción en cadena. Enriquecer consiste en subir ese porcentaje.
Según el nivel, el uso cambia. Las centrales nucleares que producen electricidad funcionan con uranio enriquecido entre el 3 % y el 5 %. Algunos reactores de investigación, que fabrican medicinas para tratar el cáncer, usan cerca del 20 %. A partir del 20 % se habla de uranio altamente enriquecido, y las armas nucleares usan normalmente uranio enriquecido al 90 % o más, el llamado grado militar.
¿Cómo se enriquece el uranio?
El método más usado hoy son las centrifugadoras de gas. Primero, el uranio se convierte en un gas llamado hexafluoruro de uranio. Ese gas entra en cilindros que giran a velocidades altísimas: como el uranio-238 es un poco más pesado, se acumula hacia las paredes, mientras que el uranio-235, más liviano, queda más cerca del centro y se extrae.
Como la diferencia de peso es mínima, una sola máquina apenas avanza. Por eso se conectan cientos o miles de centrifugadoras en fila, en lo que se llama una cascada, y el gas pasa de una a otra hasta alcanzar la pureza deseada. Un dato clave: el esfuerzo no es parejo. La mayor parte del trabajo está en pasar del uranio natural a niveles bajos; subir del 60 % al 90 % requiere apenas una pequeña fracción del trabajo total, según cálculos de expertos en control de armas basados en informes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
¿Por qué preocupa el programa nuclear de Irán?
Irán firmó en 1968 el Tratado de No Proliferación Nuclear, que permite usar la energía atómica con fines civiles a cambio de no fabricar armas y aceptar inspecciones. La alarma comenzó el 14 de agosto de 2002, cuando un grupo opositor iraní en el exilio reveló en Washington la existencia de dos instalaciones que Teherán no había declarado: la planta de enriquecimiento de Natanz y un complejo en Arak. Desde entonces, el OIEA vigila al país de forma intensa.
El 14 de julio de 2015, Irán firmó en Viena un acuerdo con Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania. Aceptó enriquecer como máximo al 3,67 %, guardar una reserva muy pequeña y operar solo unas 5.060 centrifugadoras básicas en Natanz, a cambio del levantamiento de sanciones. Con esos límites, se calculaba que Irán necesitaría alrededor de un año para reunir material para una bomba.
En mayo de 2018, Donald Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo y restableció las sanciones. Irán respondió saltándose los límites poco a poco: en 2019 superó el 3,67 % y en abril de 2021 empezó a enriquecer al 60 % en Natanz, y luego también en Fordow, una planta construida dentro de una montaña. A comienzos de 2023, los inspectores hallaron allí partículas de uranio enriquecido al 83,7 %, aunque Teherán lo atribuyó a variaciones técnicas.
Según el OIEA, al 13 de junio de 2025 Irán tenía 440,9 kilos de uranio enriquecido hasta el 60 %. El organismo calcula que unos 42 kilos a ese nivel bastarían, en teoría, para una bomba si se enriquecen hasta el 90 %. Irán insiste en que nunca ha buscado un arma atómica, y las agencias de inteligencia de Estados Unidos sostuvieron durante años que no había pruebas de que hubiera tomado la decisión de fabricarla.
¿Qué pasó con el uranio de Irán tras los ataques?
En junio de 2025, Israel atacó Irán durante doce días y, el 22 de junio, Estados Unidos bombardeó las instalaciones de Fordow, Natanz e Isfahán. Desde el 13 de junio de ese año, los inspectores del OIEA no han podido verificar dónde está ni en qué estado se encuentra la reserva de uranio al 60 %. A finales de septiembre de 2025, la ONU restableció sus sanciones contra Irán a pedido de Francia, Alemania y el Reino Unido.
Desde el 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel están en guerra abierta con Irán, y el uranio es uno de los puntos que traban cualquier acuerdo. Washington exige que Irán entregue el control de esas reservas. El 20 de octubre de 2026, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, Mohsen Rezaei, afirmó que ni una pequeña cantidad saldrá del país. Un diputado iraní dijo días después que conservan unos 400 kilos, una cifra que no ha podido verificarse de forma independiente.
¿Qué tiene que ver con América Latina?
Más de lo que parece. Brasil enriquece uranio para sus centrales de Angra en la planta de Resende, en el estado de Río de Janeiro, con centrifugadoras desarrolladas por su propia Marina, y Argentina también domina esta tecnología. La diferencia con Irán está en la confianza: desde el acuerdo firmado en Guadalajara, México, en 1991, ambos países se vigilan mutuamente mediante una agencia binacional, la ABACC, junto con el OIEA. Además, el Tratado de Tlatelolco, de 1967, convirtió a América Latina y el Caribe en una zona libre de armas nucleares.
Brasil incluso intentó resolver la crisis iraní. El 17 de mayo de 2010, junto con Turquía, firmó con Irán la Declaración de Teherán, por la que Irán enviaría 1.200 kilos de uranio poco enriquecido a Turquía a cambio de combustible para un reactor de investigación. Las grandes potencias la recibieron con frialdad y, semanas después, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó nuevas sanciones. Hoy el vínculo es también económico: cada amenaza en torno al programa nuclear iraní se refleja en el precio del petróleo y, con él, en la gasolina y los alimentos de la región.
El dato que resume la preocupación: con 440,9 kilos de uranio al 60 % y unos 42 kilos necesarios por arma, la reserva que Irán tenía antes de los bombardeos alcanzaría, en teoría, para unas diez bombas atómicas. Y nadie de fuera ha podido comprobar dónde está desde junio de 2025.
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