Imperio otomano: resumen de su auge y caída, explicado
Empezó como un pequeño territorio en Anatolia y llegó a las puertas de Viena. Te explicamos cómo surgió, por qué cayó tras más de 600 años y por qué en América Latina a los árabes les dicen «turcos».
El Imperio otomano fue un Estado musulmán fundado hacia 1299 en el noroeste de la actual Turquía que duró más de 600 años, hasta 1922. En su mejor momento, en el siglo XVI, dominó gran parte de los Balcanes, Medio Oriente y el norte de África. Cayó tras una larga decadencia y su derrota en la Primera Guerra Mundial, y de sus restos nació la Turquía moderna.
Cómo nació el Imperio otomano
Su origen fue modesto. A finales del siglo XIII, Osman I era el jefe de un pequeño territorio turco en Anatolia, cerca del mar de Mármara, en la frontera con el Imperio bizantino. Hacia 1299 se proclamó líder independiente, y de su nombre viene la palabra «otomano». Sus guerreros vivían de atacar las tierras bizantinas vecinas.
Tras la muerte de Osman, sus sucesores tomaron Bursa en 1326 y la convirtieron en capital. Luego cruzaron a Europa y avanzaron por los Balcanes. En 1389 vencieron a una coalición encabezada por los serbios en la batalla de Kosovo, aunque el sultán Murad I murió en ese combate.
El ascenso estuvo a punto de terminar en 1402. Ese año, el conquistador Tamerlán derrotó a los otomanos cerca de Ankara y capturó al sultán Bayaceto I. Siguieron once años de guerra entre sus hijos por el trono, hasta que Mehmed I reunificó el Estado en 1413.
La caída de Constantinopla en 1453
El momento que convirtió a los otomanos en una gran potencia llegó con Mehmed II. El 29 de mayo de 1453, después de un asedio de 53 días, sus tropas tomaron Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, heredero de Roma en Oriente. El emperador Constantino XI cayó con la ciudad, y mil años de historia bizantina llegaron a su fin.
Mehmed II, conocido desde entonces como «el Conquistador», hizo de la ciudad su nueva capital. Con el tiempo se la conocería como Estambul. El sultán controlaba ahora el paso entre Europa y Asia y entre el mar Negro y el Mediterráneo.
Cuándo fue su época de mayor poder
Selim I, que gobernó de 1512 a 1520, derrotó a los mamelucos y para 1517 ya controlaba Siria, Egipto y el oeste de Arabia. Así, los otomanos quedaron a cargo de Meca, Medina y Jerusalén, y sus sultanes pudieron reclamar el título de califa, líder de los musulmanes.
Su hijo Solimán el Magnífico, que reinó de 1520 a 1566, llevó al imperio a su punto más alto. Tomó Belgrado en 1521 y Rodas en 1523, y venció a Hungría en la batalla de Mohács en 1526. En 1529 llegó hasta las puertas de Viena, pero no pudo tomarla. Según National Geographic, en su apogeo el imperio se extendía de Viena al golfo Pérsico y de Argelia a Yemen.
¿Cómo se mantenía unido un territorio tan diverso? Una de sus herramientas era el devşirme: niños cristianos de los Balcanes eran reclutados a la fuerza, convertidos al islam y entrenados como jenízaros, la tropa de élite del sultán; algunos llegaron a ministros. Otra era cierta autonomía religiosa: comunidades como los cristianos ortodoxos, los armenios y los judíos manejaban sus propios asuntos internos, como el matrimonio o la educación, aunque con restricciones frente a los musulmanes. Es lo que hoy se conoce como sistema de millet. El imperio también acogió a judíos expulsados de España en 1492.
Por qué cayó el Imperio otomano
La caída no fue repentina, sino un proceso de más de dos siglos. Las primeras señales llegaron en el mar y en Europa central: una coalición cristiana, la Liga Santa, venció a la flota otomana en Lepanto en 1571, aunque el imperio se recuperó de ese golpe. El fracaso decisivo fue el segundo asedio de Viena, en 1683. Con el Tratado de Karlowitz de 1699, los otomanos cedieron extensos territorios europeos a Austria, Polonia, Rusia y Venecia.
En el siglo XIX, la situación empeoró. Europa se industrializaba y el imperio dependía cada vez más de ella en lo económico. Los nacionalismos crecían entre sus pueblos: la revuelta griega que empezó en 1821 terminó en independencia. Se le empezó a llamar, con desprecio, «el hombre enfermo de Europa».
Los sultanes intentaron reformarlo. Mahmud II eliminó a los jenízaros rebeldes en 1826, y las reformas del Tanzimat, entre 1839 y 1876, prometieron igualdad entre los súbditos y modernizaron las finanzas. En 1876 hubo una primera constitución, pero Abdul Hamid II la dejó sin efecto poco después. En 1908, el movimiento de los Jóvenes Turcos se rebeló y la restauró.
El golpe final vino con las guerras. Según National Geographic, las guerras de los Balcanes le costaron un tercio del territorio que le quedaba. Después, a finales de 1914, el imperio entró en la Primera Guerra Mundial del lado de Alemania. Durante ese conflicto, el gobierno otomano organizó masacres y deportaciones masivas contra la población armenia, en las que murieron alrededor de 1,5 millones de personas. La mayoría de los historiadores lo considera un genocidio, término que Turquía rechaza.
Cómo terminó: de imperio a la Turquía moderna
Derrotado en 1918, el imperio firmó en agosto de 1920 el Tratado de Sèvres, que lo reducía a un pequeño territorio. Los nacionalistas turcos, liderados por Mustafa Kemal, conocido después como Atatürk, no lo aceptaron y siguieron luchando desde Ankara.
Los hechos finales ocurrieron rápido. El 1 de noviembre de 1922, la Gran Asamblea Nacional abolió el sultanato, y el último sultán, Mehmed VI, salió de Estambul ese mismo mes. El Tratado de Lausana, firmado el 24 de julio de 1923, reemplazó al de Sèvres y fijó casi todas las fronteras turcas actuales. El 29 de octubre de 1923 se proclamó la República de Turquía, con Kemal como presidente, y en marzo de 1924 se abolió también el califato.
Su legado sigue presente: muchos países de Medio Oriente y los Balcanes eran antiguas provincias otomanas. Tras la derrota, los vencedores repartieron parte de las tierras árabes y trazaron fronteras que todavía pesan en los conflictos de la región.
Qué tiene que ver con América Latina
El vínculo más visible está en una palabra. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX llegaron a países como Argentina, Chile, Colombia y México miles de inmigrantes sirios, libaneses y palestinos, muchos de los cuales se dedicaron al comercio. Como viajaban con pasaporte otomano, los registraban y llamaban «turcos», aunque eran árabes y muchos de ellos eran cristianos que dejaban atrás el dominio otomano.
El apodo también trajo rechazo: en Chile, investigadores han estudiado una discriminación antiárabe conocida como «turcofobia». Así, más de un siglo después de que desapareciera, aquel imperio todavía deja una huella en América Latina: un apodo nacido de un pasaporte que ya no existe y que, en muchos barrios, aún se oye para nombrar a familias que nunca fueron turcas.
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