Imperio romano: resumen, auge, caída y lo que heredamos de Roma
De unas aldeas junto al río Tíber nació el imperio que dominó el Mediterráneo durante siglos. Te contamos cómo creció, por qué cayó y por qué hoy hablas una lengua que viene del latín.
El Imperio romano fue el Estado que gobernó gran parte de Europa, el norte de África y Oriente Próximo desde el año 27 a. C., cuando Augusto se convirtió en el primer emperador, hasta el 476 d. C., cuando cayó su mitad occidental. La mitad oriental, con capital en Constantinopla, sobrevivió casi mil años más, hasta 1453. Roma nos dejó el latín, del que viene el español, las bases del derecho y muchas ideas sobre ciudades, caminos y gobierno.
Los orígenes: de la monarquía a la república
Según la leyenda, Roma fue fundada en el 753 a. C. por Rómulo, que junto con su gemelo Remo habría sido amamantado por una loba. Lo que sí muestra la arqueología es que en esa época había aldeas en las colinas junto al río Tíber, en el centro de Italia, que con el tiempo se unieron en una ciudad.
Al principio la gobernaron reyes. Hacia el 509 a. C., los romanos expulsaron al último de ellos y fundaron la República: el poder pasó a dos cónsules elegidos cada año y a un Senado formado por las familias más influyentes. En esa etapa, Roma conquistó Italia y derrotó a Cartago, su gran rival en el Mediterráneo, en las llamadas guerras púnicas.
Las conquistas trajeron riqueza, pero también choques entre generales ambiciosos. El más famoso fue Julio César, que conquistó la Galia (la actual Francia) y reunió tanto poder que un grupo de senadores lo asesinó en el 44 a. C. Su hijo adoptivo, Octavio, ganó la guerra civil que siguió y en el 27 a. C. recibió el título de Augusto. Ese es el inicio del Imperio.
El auge: la Pax Romana
Con Augusto empezó un largo periodo de relativa paz interna, conocido como Pax Romana, que duró unos dos siglos. El imperio alcanzó su mayor extensión en el año 117, bajo el emperador Trajano: abarcaba unos 5 millones de kilómetros cuadrados, desde Britania (la actual Gran Bretaña) hasta Mesopotamia, y rodeaba por completo el Mediterráneo, al que los romanos llamaban mare nostrum, nuestro mar. Se calcula que allí vivían entre 50 y 70 millones de personas.
Para mantener unido ese territorio, Roma construyó una enorme red de caminos. Según la Enciclopedia Británica, los romanos pavimentaron unos 80.000 kilómetros de calzadas, y un estudio publicado en 2025, que digitalizó el mapa de la época, calculó que con los caminos secundarios la red sumaba cerca de 300.000 kilómetros hacia el año 150. También levantaron acueductos para llevar agua a las ciudades, puentes, baños públicos y anfiteatros como el Coliseo.
Un ejército profesional, organizado en legiones, vigilaba las fronteras. Y en el año 212 el emperador Caracalla extendió la ciudadanía romana a casi todos los habitantes libres del imperio.
El cristianismo y la división del imperio
El siglo III fue una época de crisis: en unas pocas décadas se sucedieron decenas de emperadores, muchos de ellos asesinados, mientras había invasiones, epidemias y una moneda que perdía valor. Para gobernar mejor un territorio tan grande, los emperadores empezaron a repartirse el poder.
Constantino fue clave en esta etapa. En el 313, junto con el emperador Licinio, concedió libertad de culto a los cristianos, que hasta entonces habían sido perseguidos, y en el 330 trasladó la capital a una ciudad nueva, Constantinopla, la actual Estambul, en Turquía. En el 380, el emperador Teodosio convirtió el cristianismo en la religión oficial. Cuando Teodosio murió, en el 395, el imperio quedó dividido de forma definitiva entre sus dos hijos: el Imperio romano de Occidente y el de Oriente.
¿Por qué cayó el Imperio romano?
No hubo una sola causa, y los historiadores todavía lo debaten. Estos son los factores que más se mencionan:
Inestabilidad política: guerras civiles, golpes militares y gobernantes que duraban poco. Entre el 455 y el 476, el Occidente tuvo nueve emperadores distintos.
Problemas económicos: los impuestos subían para pagar un ejército cada vez más caro, la moneda se devaluaba y el comercio se debilitaba.
Presión en las fronteras: pueblos germánicos como godos y vándalos, empujados en parte por la llegada de los hunos desde Asia, entraron en el territorio romano. En el 410 los visigodos saquearon Roma, algo que no ocurría desde hacía unos 800 años, y en el 455 lo hicieron los vándalos.
Dependencia de tropas extranjeras: el ejército de Occidente terminó formado en buena parte por guerreros germánicos contratados, y sus jefes eran quienes realmente mandaban.
El final llegó en el 476. Odoacro, un jefe militar germánico, destituyó al joven emperador Rómulo Augústulo y envió las insignias imperiales a Constantinopla, sin proclamarse emperador. Muchos historiadores destacan que en ese momento casi nadie lo vio como el fin de una era: fue el cierre de una lenta transformación. La mitad oriental, que hoy llamamos Imperio bizantino, resistió hasta el 29 de mayo de 1453, cuando los turcos otomanos tomaron Constantinopla.
Lo que heredamos de Roma (y su huella en América Latina)
La herencia más visible es el idioma. Del latín que hablaban soldados, colonos y comerciantes nacieron las lenguas romances: español, portugués, francés, italiano y rumano. De hecho, el nombre América Latina, que se popularizó en el siglo XIX, alude a los países donde se hablan lenguas derivadas del latín.
El derecho es otro gran legado. En el siglo VI, el emperador bizantino Justiniano reunió las leyes romanas en una gran recopilación que influyó en el derecho de España y de Francia, incluido el Código Napoleónico. A través de ellos, esas ideas llegaron a los códigos civiles latinoamericanos, como el que redactó Andrés Bello para Chile en 1855, que después adoptaron o adaptaron Ecuador, Colombia y otros países.
Roma también está en el calendario. Julio César lo reformó en el 46 a. C., y el que usamos hoy es una corrección de ese calendario hecha en 1582 por el papa Gregorio XIII. Los meses de julio y agosto llevan los nombres de Julio César y de Augusto. Y siguen vivas palabras como senado, república y ciudadano, además de los números romanos que vemos en relojes y en los siglos.
Un dato final que muestra lo bien que construían: la cúpula del Panteón de Roma, terminada hacia el año 125, sigue siendo casi 1.900 años después la cúpula de hormigón sin refuerzo de acero más grande del mundo. En 2023, investigadores del MIT descubrieron parte del secreto: el hormigón romano podía repararse solo, porque pequeños grumos de cal sellaban las grietas cuando entraba el agua.
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